Hablemos de la caza III: Caza vs veganismo

Como hemos visto en los posts anteriores, todos los problemas que la caza reglada pretende atajar (y que muy a menudo agrava) son el resultado de la antropización del medio natural, principalmente propiciada por la agricultura y la ganadería. Irónicamente, son precisamente estos sectores los que se ven mas perjudicados por dichos problemas. El sistema actual es un gran ciclo de retroalimentación.

Pero más allá de la anticoncepción y demás métodos menos invasivos ya mencionados, existe una obvia alternativa a la caza, una de la que no se habla lo suficiente. Según un estudio dirigido por la universidad de Oxford en 2018, el 83% de las tierras agrícolas se destinan a la ganadería [1]. Esta es una figura global, pero es razonable asumir que el terreno ocupado por la agricultura destinada a piensos para el ganado será siempre una fracción muy importante del total en cualquier parte, pues el ganado come en mayor cantidad que los humanos.

El sistema ganadero actual está diseñado con el fin de abastecer la actual demanda de carne. Abogando por el veganismo, se podría subvertir esta demanda, con lo que se liberarían grandes extensiones de terreno que podrían ser repobladas de vegetación autóctona para dar cobijo a las especies cinegéticas. En el estudio ya citado, se calcula que en un mundo vegano, las tierras de cultivo se reducirían en un 75%, lo que puesto en perspectiva, equivaldría a una superficie de tierra del tamaño de China, Australia, Estados unidos y la Unión Europea combinados. La evidencia sobre los posibles beneficios medioambientales de la transición a una dieta vegana esta lejos de ser mono-referencial [2][3][4][5].

Ante la paulatina desaparición o redistribución del ganado, tampoco existirían razones justificadas para la caza de depredadores. En este escenario, la caza reglada de cualquier modalidad quedaría completamente obsoleta. Como consecuencia, los accidentes relacionados con la práctica cinegética, así como los accidentes de tráfico ocasionados por animales salvajes, también descenderían.

El veganismo es una solución a largo plazo, pues eliminar tanto la caza como la industria cárnica del día a la mañana, nos pondría en un escenario incierto, para muchos de consecuencias potencialmente catastróficas. La lista de dificultades e inconveniencias de instaurar un sistema de agricultura vegana y libre de ganadería incluye temas relacionados con la falta de fertilizantes y abonos adecuados, deterioro de suelos y aumento de incendios, falta de tierras arables para comida humana, escasez de comida de alto contenido proteico y calórico, restos del cultivo no aprovechables, y la incógnita de qué hacer con el ganado restante. En futuros posts demostraré que la mayoría de objeciones de este tipo incurren en la falacia del argumentum ad ignorantum, con lo que, aún cuando estuvieran justificadas, resultarían irrelevantes a la hora de refutar los argumentos de la discusión normativa.

Lo que está claro es que si a los que abogan por la continuación de la práctica cinegética realmente les preocupa el bienestar animal y la conservación del medio natural, no pueden seguir ignorando una alternativa a la caza que, tratando el problema de raíz, consigue solventar dichas preocupaciones sin que Bambi tenga que pasar por lo que pasó.

Consideraciones filosóficas

Aquí vengo a ofrecer la sofisticación que prometí. El veganismo se suele definir como la filosofía o estilo de vida que pretende excluir, en tanto que sea posible y práctico, cualquier forma de explotación y crueldad infligida a los animales. En otros términos, alguien que se reafirma como vegano, pretende minimizar el sufrimiento animal allá donde ocurra sin una buena razón, siempre y cuando evitarlo sea factible.

Técnicamente, si un grupo de personas necesitan cazar animales o comprar carne para subsistir, pueden considerarse veganos si procuran minimizar su sufrimiento en el proceso. Muchos veganos hacen que el movimiento animalista quede desprestigiado o ridiculizado por la falta de rigor que demuestran al no ser capaces de hacer esta trivial concesión semántica. Puestos a hacer concesiones, existen escenarios concretos en que, según la propia definición de veganismo, cazar a un animal podría incluso considerarse más vegano que alimentarse de alternativas vegetales cuando la opción existe. Veámoslo.

Imaginemos una familia que vive en el monte y sigue una dieta vegana, motivada por consideraciones éticas y medioambientales. Teniendo en cuenta que la agricultura se cobra muchas vidas animales, además de tener un impacto substancial en el medio, sumado a su incapacidad de rastrear el origen de los productos veganos que adquieren del pueblo más cercano, deciden que la mejor forma de minimizar su aporte al sufrimiento animal global es cazando un ciervo al trimestre y alimentándose de él (por ejemplo, no he hecho los cálculos). Con esto, nuestra concienciada familia de ermitaños conseguiría alcanzar un estilo de vida más ético y más sostenible, en un sentido utilitarista, que el del resto de veganos viviendo en entornos más urbanizados, sin la posibilidad de cazar animales de forma efectiva.

En el utilitarismo, un fin ético puede justificar acciones éticamente incorrectas si se estima que evitarán un mal mayor. En este caso, la muerte del ciervo seria necesaria con el fin de minimizar, en el cómputo global, el sufrimiento animal (más correctamente, maximizar la utilidad). Condenar esta instancia de caza particular, cuando ésta realmente contribuiría a minimizar el sufrimiento global y el impacto ecológico de su dieta, parece responder más a la emoción y el furor animalista que a la razón. Sin embargo, defender este argumento conlleva aceptar la conclusión repugnante de que la caza de humanos en un contexto idéntico también estaría justificada.

Imaginemos ahora a un humano sin relativos que lo vayan a echar en falta, sin un impacto moralmente relevante en el mundo, al que se le da caza sin él nunca darse cuenta. Es innegable que la cantidad total de sufrimiento en este escenario es menor que la que encontraríamos en el proceso de producción de la mayoría de alimentos vegetales, además de ser más sostenible. De hecho, es una situación equivalente a la caza de cualquier otra especie cinegética, pues animales y humanos son sujetos moralmente indistinguibles (una afirmación que no fundamentaré en la presente). El utilitarismo, y cualquier forma de consecuencialismo, hace grandes demandas a la consistencia intelectual.

Llegados al punto en que estamos justificando la matanza arbitraria e inimputable de personas solitarias en el monte, uno se ve tentado a aportar una perspectiva deontológica al asunto. Consideremos por ejemplo, la siguiente afirmación: nunca es ético matar con volición a un ser sintiente que no tiene ningún deseo de morir. Esta se fundamenta en el derecho a la vida, o más bien, el derecho a que ésta no se te sea arrebatada de manera innecesaria. Como es sabido, el utilitarismo y los derechos humanos (y animales) no se llevan bien, pues el segundo pretende justificar la moralidad en base a una abstracción, mientras que el primero tiene una base más objetiva y tangible, el sufrimiento. Aún y así, esta afirmación deontológica apela más a la intuición de la gran mayoría de personas que la radical conclusión utilitarista.

Una réplica conocida a la afirmación deontológica que he propuesto, alude a que la muerte es una situación limitante. En este marco, no sería éticamente correcto infligir daño a alguien o, generalmente, actuar en contra de su voluntad, excepto en el caso de la muerte, pues la justificación de dicha premisa ética reside en la capacidad del sujeto de ser testigo de la realización de su voluntad. Para alguien muerto, esa opción no existe. Personalmente, tengo la sensación de que la premisa de este argumento aparece de la nada, y tanto podría servir para justificar la posición contraria, haciendo énfasis en que la muerte, al ser una situación única y fundamentalmente distinta, podría agravar las implicaciones morales en lugar de hacer que se desvanezcan.

Sin embargo, una réplica conocida a la conclusión utilitarista, alude a que el mero hecho de pronunciarla (o, en este caso, escribirla) podría modificar su estatus moral, incluso invalidarla. Tener el conocimiento de que puedes ser literalmente cazado si estas en el lugar, contexto social y momento equivocados, y que nadie va a ser condenado por ello, podría aumentar el estrés y el sufrimiento de aquellos que creen cumplir los supuestos. También podría disminuir la empatía de algunos humanos con otros, lo que a su vez reduciría la utilidad global. Lo mismo puede aplicarse, de nuevo, a los animales, que a pesar de nunca poder entender el lenguaje, ni nunca ser capaces de encontrar el patrón escondido tras las acciones de los cazadores, si se verían afectados por la reducción de la empatía humana hacía sus vidas. Este argumento, a pesar de ser interesante, tampoco llega a convencerme.

Mi aporte

La premisa de ambos argumentos es la misma: si el utilitarismo es correcto, la matanza innecesaria de humanos inocentes en ciertos contextos esta justificada. Para la conclusión, hay que decidir si aplicar el modus ponens o el modus tollens. El que se inclina por el utilitarismo, se inclina por un argumento en forma modus ponens (el utilitarismo es correcto, ergo matar humanos inocentes innecesariamente es correcto en ciertos contextos). El que tiende más a la visión deontológica, aplicará el modus tollens (no es correcto matar a humanos inocentes innecesariamente en ningún contexto, ergo el utilitarismo no es correcto). Al final, la decisión recae en la intuición. Es cuestión de decidir que valores estamos más dispuestos a abandonar.

Por último, la diferencia entre matar intencionadamente, o matar por accidente u omisión, es importante. El debate sobre si la acción es equivalente a la omisión en términos éticos se viene produciendo desde hace tiempo (con el famoso dilema del tranvía, por ejemplo) . Por un lado, lo que es intencionado, informa sobre la forma en que el individuo perpetrador es probable que actúe en un futuro, mientras que de lo accidental no se infiere nada semejante. Por otro lado, la acción permite un grado de libertad, actuar o no actuar, mientras que existen muchas maneras de no actuar en una situación concreta. Esto crea una asimetría lógica relevante entre acción e inacción, una que la familia de montaraces utilitaristas parece estar pasando por alto cuando hace la comparación directa entre las muertes accidentales en cultivos y las muertes intencionadas venidas del ejercicio de la caza.

Para alguien como yo, empático, pero de naturaleza racional y estoica, el dilema produce un dolor agudo. Por fortuna, no es necesario que me moje del todo, pues el escenario confabulado por la familia de montaraces es imposible de concebir en la práctica. El cazador no tendría ningún medio para asegurarse de que su víctima cumple con todos los supuestos. Lo mismo ocurriría, potencialmente, con un ciervo cualquiera. ¿Cómo se asegura el cazador de que ninguno de sus relativos fuera a sufrir su pérdida? Una forma de hacerlo seria matando a toda la familia de ciervos exactamente a la vez, todos con disparos perfectos, lo que resulta de nuevo imposible de asegurar.

En mi opinión, podemos delegar la filosofía a los filósofos, y declarar que en la práctica, la caza nunca está moralmente justificada. Aún así, si un cazador fuera a justificar sus actos mediante el razonamiento que he expuesto aquí, dónde su motivación principal no fuera ninguna de las razones discutidas en los ensayos anteriores, sino una genuina preocupación por el bienestar animal, en un día malo se lo dejaría pasar. Al final, lo más importante para mí es llegar a conseguir un mundo donde los humanos no despreciamos al resto de animales, un mundo en el que valoramos su individualidad y tratamos sus intereses como algo serio. Claro esta que alguien con la mentalidad de nuestra asertiva familia de veganos/cazadores ocasionales es improbable que suponga un obstáculo en el camino hacia ese fin.

Referencias

[1] J. Poore et al. Reducing food’s environmental impacts through producers and consumers, 2018
https://www.science.org/doi/full/10.1126/science.aaq0216

[2] Marco Springmann et al. Options for keeping the food system within environmental limits, 2018
https://www.nature.com/articles/s41586-018-0594-0

[3] Vilma Sandström et al. The role of trade in the greenhouse gas footprints of EU diets, 2018
https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S2211912418300361

[4] Michael Clark et al. Comparative analysis of environmental impacts of agricultural production systems, agricultural input efficiency, and food choice, 2017
https://iopscience.iop.org/article/10.1088/1748-9326/aa6cd5/pdf

[5] Helen Harwatt et al. Eating away at climate change with negative emissions, 2019
https://animal.law.harvard.edu/wp-content/uploads/Eating-Away-at-Climate-Change-with-Negative-Emissions%E2%80%93%E2%80%93Harwatt-Hayek.pdf

Enlaces

https://www.surgeactivism.org/aveganworld

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