Hablemos de la caza I: Los peores argumentos

En Estados Unidos, cerca de 100 millones de animales mueren víctimas de la caza cada año (para no perder perspectiva, a día de hoy, el número de animales muertos en Estados Unidos a manos de la industria cárnica multiplica esta cifra por 380). En España, la cifra se sitúa en torno a los 25 millones. Ante cifras de semejante magnitud, no es casualidad que la caza sea motivo de gran controversia dentro de la discusión convencional sobre derechos animales. La violencia perpetrada por el colectivo cinegético demanda una buena justificación.

Sin embargo, mientras tiene lugar este eterno debate, millones de animales siguen muriendo cada año. Asimismo, el argumentario habitual, tanto en pro como en contra de la caza, suele ser extraordinariamente pobre y circular. El bando que aboga por la continuación de la práctica cinegética suele apoyarse en justificaciones débiles y capciosas, mientras que el bando animalista suele pecar de apelar a las emociones y de simplificar de más el asunto.

En el presente ensayo, pretendo defender que la caza reglada en una sociedad desarrollada no esta justificada, además de proponer alternativas más eficaces y éticas. Mi intención es ofrecer una sofisticación a la altura de la verdadera complejidad del debate, tanto a nivel filosófico, como a nivel pragmático.

Los peores argumentos a favor de la caza

La caza es natural”. Incurre en la falacia naturalista, ya que supone que algo es bueno porque es natural. Por otro lado, no hay nada de natural en armarse con rifles de última generación, tecnología GPS y automóviles todoterreno para acorralar y matar a un puñado de animales desprevenidos.

La caza es una tradición”. Apelar a la tradición es otra falacia conocida. El hecho de que una práctica sea tradicional no aporta información sobre su valía. El festival de Yulin, el Eid al-Adha musulmán, la matanza del ballenas en las islas Feroe o el sacrificio del búfalo Nepalí, también son prácticas tradicionales. Uno puede juzgar por sí mismo.

La caza destinada al consumo de carne es una alternativa superior a la ganadería intensiva”. A diferencia del ganado, los animales que se obtienen de la caza han vivido en libertad, y suelen morir de forma más inmediata e indolora. Por ello, muchos cazadores afirman que la caza es una forma más ética y adecuada de abastecer a la población de carne. Varios problemas surgen de considerar seriamente dicha proposición.

Para empezar, no hay suficientes animales salvajes como para mantener la actual demanda de carne. Ni de lejos. De hecho, es por esta misma razón que la industria cárnica fue creada y que la cría intensiva de animales domésticos existe. La mayoría de cazadores son conscientes de ello, y entienden que no todo el mundo puede practicar la caza, por lo que suelen afirmar que ésta ha de estar reservada a un colectivo específico y muy minoritario de la población, con tal de no exterminar la fauna salvaje inútilmente.

Es decir, el argumento propone que consumir animales domésticos es peor que consumir animales cazados, que no todo el mundo debería de practicar la caza y que no es posible abastecer a la población actual con lo obtenido por la misma. La conclusión lógica es que la población que no caza debería de considerar el veganismo, y que los cazadores solo deberían de alimentarse de lo que la actividad cinegética produce.

Todo esto asume que el consumo de carne y de productos animales es necesario para el ser humano. Sin embargo, la literatura científica más reciente [1][2] nos informa de que una dieta vegana bien planificada cumple con los requerimientos nutricionales esenciales y es adecuada para cualquier etapa de la vida, incluyendo el embarazo.  Al final, el argumento propone una falsa dicotomía, pues ignora una tercera opción, que consistiría en nunca matar animales con el único fin de consumirlos.

“La caza es un acto altruista”. Muchos cazadores sugieren que matar a animales silvestres puede llegar a ser un acto altruista en sí mismo, pues morir a manos de un cazador es preferible a morir por depredación, enfermedad, inanición o catástrofes naturales. Por supuesto, ningún cazador que abata a depredadores estará en virtud de esgrimir este argumento.

Esto se podría llevar a su reducción al absurdo, concluyendo que exterminar a todos los animales salvajes seria moralmente preferible a dejarles morir por procesos naturales, aunque esta réplica probablemente incurriría en un grave hombre de paja.

Siendo más serios, el primer problema obvio con el argumento del altruismo es que cuando un cazador mata a un animal, no esta evitando que los depredadores maten a otros animales, ya que estos tendrán que comer igualmente. Al apresar animales salvajes, los cazadores simplemente están contribuyendo con muertes extra.

El segundo problema importante es uno de carácter psicológico. Por lo general, los cazadores disfrutaran de su día de caza, lo llamaran deporte, y llamaran trofeos a las cabezas decapitadas de sus víctimas de mayor atractivo estético, colgaran fotografías de la jornada en las redes sociales y esperarán con ansias la próxima. Nada de esto suena altruista. Un ejemplo de acto altruista en pro del bienestar animal podría ser cuando un veterinario tiene que tomar la dura decisión de acabar con la vida de un perro en condición terminal para evitar su sufrimiento. Cualquier atrevimiento por parte del veterinario de celebrar la eutanasia de un animal seria motivo de desautorización inmediata.

Finalmente, con este argumento entramos en una de las mayores paradojas dentro de los argumentos que los cazadores usan. Cazando animales salvajes, los cazadores pretenden evitar que algunos herbívoros sean depredados, es decir, pretenden impedir el desarrollo natural del ecosistema. Pese a que ya hemos visto que este no sería necesariamente el caso, esto se entendería como una acción altruista y consistente con los ideales del cazador. Sin embargo, esta visión se yuxtapone al argumento principal que los cazadores usan, el cual afirma que, cazando, se ayuda a regular y restaurar la ecología y el orden natural del ecosistema.

Si uno busca restaurar la ecología, por defecto uno quiere que los depredadores se coman a sus presas, creando un ciclo metabólico cerrado en el que los restos nutrirán a carroñeros oportunistas e insectos, para finalmente nutrir el suelo, y este a la vegetación que finalmente alimentará a los animales de niveles tróficos superiores. Cuando los cazadores van al monte, remueven a sus presas del ecosistema, creando un ciclo metabólico abierto, una transgresión en el mundo natural. Ambas ideas, la del altruismo y la de la regulación del ecosistema, no se pueden sostener simultáneamente.

Referencias

[1] Winston J. Craig et al. Position of the American Dietetic Association: vegetarian diets, 2009
https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/27886704/

[2] Vesanto Melina et al. Position of the Academy of Nutrition and Dietetics: Vegetarian Diets, 2016
https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/19562864/

Enlaces

https://animalclock.org/

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