Prefacio del autor

Confuso y aturdido, nació un lechón en una granja de cría intensiva de cerdos. Al ser macho, la primera experiencia en vida de esta inteligente criatura fue una dolorosa y traumática castración, seguida de la amputación de su cola, en ambos casos sin anestesia ni tratamiento analgésico posterior. Los siguientes 25 días de su vida los pasó al lado de su madre, la cual nunca tuvo espacio suficiente en la jaula de gestación para verle el rostro mientras este se alimentaba de su leche. Pasado este período de tiempo, nuestro lechón, ahora ya más capaz de entender su entorno, fue separado del cariño de su madre, para no verla ni a ella, ni a nadie, ni nada, nunca más. Su ritmo de crecimiento no cumplió los estándares que la exigente especie humana considera como económicamente viables, con lo que sus patas traseras fueron agarradas y, con un movimiento contundente, su cráneo aplastado contra el suelo, causándole la muerte. Muchos de sus hermanos no corrieron la misma suerte. Ellos pasaron el resto de su vida útil (tan sólo una fracción de la que su biología les permitiría) en condiciones insuficientes de espacio, higiene y estimulación intelectual, engullendo incesantemente antibióticos y piensos diseñados para hacerlos engordar a velocidades escalofriantes. Poco a poco enloquecieron y perdieron la energía y curiosidad que, de manera natural, caracterizan a estos animales. Una vez alcanzaron el peso requerido, fueron transportados en camiones abarrotados, y guiados a patadas a una cámara de gas, donde tardaron varios minutos en asfixiarse. Ella, la madre, pasó por el mismo tormento varias veces al año. Todos y cada uno de sus hijos le fueron arrebatados ante su confusión e impotencia, la misma que probablemente sentía cuando se la inseminaba artificialmente. El desgaste de sus órganos internos la condujo a contraer varios prolapsos y, con ello, su miserable existencia dejó de ser rentable. Acabó siendo sacrificada, de manera tan poco ceremonial como sus hijos. Los cadáveres de toda esta familia de seres sintientes, a excepción de nuestro lechón protagonista, terminaron troceados, moldeados, plastificados y transportados a un supermercado, para acabar en mi cena del pasado martes, la cual no me acabé. ¿O fue el lunes?

Siempre me he considerado un amante de los animales. Mi estantería de libros y la diversidad taxonómica de los animales con los que convivo no dejan lugar a dudas. Sin embargo, nunca encontré el tiempo ni la inclinación para pensar sobre aquellos a los que devoré a diario durante más de dos décadas. Nunca me planteé si la ingesta de productos animales era realmente necesaria para el correcto funcionamiento de mi organismo. Nunca pensé en informarme sobre la eficiencia y el impacto medioambiental de las industrias cárnica y pesquera. Ni siquiera fui capaz de considerar las condiciones en que los animales tendrían que estar viviendo para suplir la desorbitada demanda de carne por parte de la población.

Aun cuando reconocí mi papel en este inexplicable circo de los horrores, pasé más de un año tratando de racionalizar mis actos, debatiendo con las personas que creía más capaces de ofrecerme réplicas decentes, e intentando auto convencerme de que mi conducta estaba moralmente justificada. Fracasé. Nunca, en estos tres años que han pasado ya desde mi epifanía animalista, me he encontrado con algún argumento que haya podido resquebrajar en lo más mínimo mis renovadas convicciones.

La dimensión de este dilema moral es astronómica. Actualmente hay alrededor de 7.5 billones de humanos en el planeta. Para saciar la actual demanda de carne, matamos a ésta misma cantidad de animales terrestres cada 36 días aproximadamente, sin incluir animales marinos, los más consumidos por un largo margen, y sin incluir a aquellos animales que se matan para otros propósitos de trivialidad variable, a saber, vestimenta, medicina, deportes, muebles, cosméticos, alcohol, carteras, móviles, televisores, petardos, coches e incluso instrumentos musicales, por nombrar algunos. Aún y así, este es un dilema moral único, pues el problema termina en el momento en que los consumidores nos negamos a dar nuestro dinero a la industria animal. Prevenir todo este sufrimiento, y deshacerse de la increíble disonancia cognitiva y argumentación falaz que lo acompañan, es tan fácil como aprender nuevas recetas, elegir otra opción del menú de un restaurante y, en resumen, informarse para poder tomar decisiones más razonadas.

Nuestro lechón protagonista era muy parecido a los animales de compañía que muchos tenemos en casa, y por los que muchos de nosotros realizamos grandes sacrificios en busca de su felicidad. A pesar de que la comparación ya debería de ser sugerente, sí es cierto que el lechón era muy distinto a nosotros, los humanos, en muchos aspectos importantes. Su bienestar requería de menos estímulos. Nunca podría haber leído un libro, o compuesto una fuga. Nunca podría haber razonado sobre ideas más abstractas que el mecanismo de la palanca que activara su ducha o su dispensador de comida. Sin embargo, el lechón era capaz de sufrir. Era capaz de sentir emociones igual que nosotros. Era capaz de reconocer el miedo y el estrés en los rostros y los chillidos de sus congéneres. Ese lechón nunca quiso morir, solo quería una vida digna, igual que cualquiera de nosotros. Pese a ser muy distintos, son nuestras semejanzas las únicas características éticamente relevantes y, por ende, las únicas que deberían determinar cómo les tratamos a ellos y al resto de animales.

Cerdos en las instalaciones de Willerby Wold Piggeries ltd en Staxton, UK. Esta productora está oficialmente certificada con el sello Red Tractor, que se otorga a productoras de alimentos de UK que cumplen con un elevado estándar de bienestar animal. https://www.surgeactivism.org/uk-pig-farming

En este blog, no solo hablaré de veganismo, sino que tocaré también temas diversos sobre filosofía, ciencia, actualidad y, si me animo, política. Sin embargo, el tópico de los derechos animales será con diferencia la nota dominante del blog y la razón que motivó la creación del mismo, pues considero que constituye la mayor emergencia moral de nuestros tiempos, tanto cualitativa como cuantitativamente hablando.

Texto inspirado en https://cosmicskeptic.com/2019/07/13/iamvegan/

by Daniel Guiñón August 12, 2021

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