Organoides cerebrales y modelos murinos

En un nuevo estudio publicado en Nature [1], neurocientíficos de la Universidad de Stanford dirigidos por Sergiu Paşca han demostrado que un organoide de cerebro humano (un tipo de cultivo in vitro que simula órganos en miniatura) puede insertarse, crecer e integrarse en el cerebro de una rata de apenas 3 días de edad, convirtiéndose en parte funcional del circuito neuronal del roedor y participando activamente en procesos cognitivos ordinarios tales como el procesamiento de sensaciones y el control conductual. Los investigadores nos informan de que no se observó ninguna diferencia significativa entre ratas intervenidas y no intervenidas a nivel de comportamiento y rendimiento intelectual, insistiendo en que el circuito neuronal de la rata no se ve modificado, sino que las células humanas simplemente se integran y acaban conformándolo. Con esta técnica, afirman, aparecen nuevas posibilidades de estudiar el desarrollo y la posible patogénesis de enfermedades neurológicas humanas dentro de un marco ético, incurriendo en la habitual perversión de las connotaciones legítimas del término. Predeciblemente, estoy en contra de la práctica de la vivisección, pero por mor de la brevedad, me limitaré a expresar ciertas consideraciones, ausentes en todas las discusiones que he podido encontrar sobre las implicaciones éticas del hallazgo, sin prolongarme en la defensa de dicha posición.

En su forma más simplificada, la oposición a la experimentación animal sostiene que su fundamento moral incide en la paradoja. Es decir, o bien el animal en cuestión no se parece a nosotros, en cuyo caso no habría razón para realizar ningún experimento, o bien el animal es nuestro semejante, en cuyo caso no habría razón para privarle de la misma consideración moral que nos atribuimos. Aun cuando deshacemos la dicotomía y proponemos que, por contra, ésta sea un continuo, cabe asumir un aumento de la consideración moral concomitante con un aumento de la semejanza entre el animal y el humano. Pues bien, como el mismo Sergiu Paşca ha expresado, se tenían mil razones para creer que el trasplante no funcionaría, dadas lo drásticas que se asumían las diferencias entre especies a nivel de sustratos cognitivos y estructura neurológica, por lo que los resultados de la investigación nos llevan indefectiblemente a la conclusión de que dichas diferencias se han venido sobreestimando gravemente. Sean o no conscientes de ello, esta es una noticia devastadora para aquellos que desean seguir apoyando el confinamiento y el maltrato de estos animales en laboratorios de investigación. ¿Cómo podemos justificar los experimentos sabiendo, con una certeza cada vez mayor, que la experiencia subjetiva de una rata está gobernada por los mismos sustratos neurológicos que la de un humano, siendo esta, según el establecimiento científico y filosófico actual, característica necesaria y suficiente para otorgar valor moral a un organismo biológico?

Sin embargo, los autores del trabajo se muestran aparentemente incapaces de ser impulsados por la consideración racional de los hechos que ellos mismos han revelado a la comunidad científica. La única preocupación ética que han expresado públicamente es la de sobre-humanizar el cerebro de las ratas intervenidas, quizá por temor a inducir en ellas comportamientos que les dificultarían aún más el seguir manteniendo su posición en favor de la experimentación animal. Por supuesto, nuestras semejanzas a nivel de experiencia subjetiva no deberían de ser informadas por nuestra capacidad de reconocer motivaciones humanizadas en su forma de comportarse, sino por el uso de la razón, y por apreciaciones objetivamente verificables, tales como la aparente continuidad neurofisiológica que Paşca y sus compañeros han demostrado. La tendencia parece clara; la comunidad científica se ha puesto como meta el conseguir modelos animales cada vez más fidedignos a la condición humana, y se ha embarcado en una cruzada de creciente absurdez para conseguir animales idénticos a los humanos en todos aquellos atributos que se puedan considerar como relevantes, ignorando que son aspectos materiales los que confieren sintiencia y, por ende, valor moral, a un ser vivo. Al pretender demarcarnos del resto de animales en este sentido, apelamos a la experiencia subjetiva humana como si de una cualidad espiritual y etérea se tratara, disociada del cerebro físico y de su interacción con el entorno. Claro está que si nunca dejamos de añadir granos a un puñado de arena, en algún punto se convertirá en una playa. Así pues, dónde estos borregos de bata blanca ven un potencial médico de gran valor, yo veo un potencial para la disidencia de valor incalculable, y donde ellos ven una oportunidad científica sin ninguna implicación ética aparente, yo veo una manifestación sin precedentes de la eterna paradoja de la experimentación animal. Nunca se podrá protestar lo suficiente contra esta palmaria falta de sensatez.

[1] Sergiu P. Paşca et al. Maturation and circuit integration of transplanted human cortical organoids, 2022 https://www.nature.com/articles/s41586-022-05277-w

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