¿Qué perspectivas depara el 2022 para los animales en España?

Vas caminando por la calle y te topas con un animal ahogándose en un charco. Puedes salvarlo fácilmente, pero alguien aparece y te ofrece un helado. Si te comes el helado, el animal muere. Si salvas al animal, el helado desaparece. ¿Cuál es el movimiento correcto?

Cada mañana despierto en un mundo dónde hay que pretender que este dilema moral no tiene una respuesta obvia. Una distopía en la que no hay un animal muriendo en un charco, sino trillones de animales muriendo cada año en barcos de pesca, mataderos, centros de investigación, cotos de caza, perreras, zoos, tiendas y mercados de comercio animal, todos a manos de una especie que, a falta de uno, tiene dos veces el adjetivo Sapiens en su formato de designación más riguroso. Por si fuera poco, los individuos que ejercen la profesión de criar, explotar y matar animales para abastecer de un bien innecesario al resto de humanos, gozan tanto del amparo de la ley como del apoyo económico de la sociedad y del estado. Preguntes a quien preguntes, siempre encontrarán alguna injusticia más importante que la situación que he descrito, pese a que es la única que afecta a trillones de individuos, que contempla el uso legalizado de cámaras de gas y que ni siquiera es considerada una injusticia por la gran mayoría.

Afortunadamente, cada vez hay más personas que consiguen sumar dos más dos y se dan cuenta del anacronismo con el que tratamos a los animales en la actualidad. Esta tendencia es muy notable en el Reino Unido, donde recientemente se han aprobado leyes progresistas que otorgan sintiencia a cefalópodos y crustáceos, y dónde alrededor del 14% de la población dice ser vegetariana, con pronósticos de que para el 2023, este porcentaje se haya duplicado. España se encuentra infamemente atrasada en este aspecto, pero hay indicios de que el bienestar animal podría estar ganando mayor relevancia social. Aquí va un resumen del panorama actual.

Progresión

La pasada noche, alrededor de 300 animales perdieron la vida en un misterioso incendio en la tienda de animales Món Animal de Barcelona. La tienda, la cual frecuenté en varias ocasiones, vendía y exhibía animales exóticos, tales como pitones, tarántulas y suricatos, todos de origen dudoso y en condiciones cuestionables. La tragedia no es más que otro ejemplo de anacronismo ético perjudicando a los ejemplares más inocentes de nuestra comunidad moral, pues solo se ha producido porque en su momento decidimos que amontonar animales en jaulas para exhibirlos durante horas en plena ciudad sería un negocio aceptable.

Pues bien, esto podría estar a punto de cambiar. El 5 de enero de 2022, entró en vigor en España la modificación del régimen jurídico que plantea la prohibición de la venta de animales en tiendas y su exhibición en escaparates, además de establecer límites sobre qué especies podrán ser tenidas como animales de compañía. En cuanto a estos últimos, la modificación trae consigo el preámbulo de la ley de protección animal que reconoce a perros y gatos como “seres sintientes”. Para el que no lo sepa, hasta ahora el código civil español dotaba a éstos con la etiqueta de “bienes muebles”, con lo que tampoco hay que felicitar a nadie.

La modificación implicará varios cambios prometedores en la práctica, como el DNI para mascotas, el hecho de tener en consideración su bienestar en caso de separación o divorcio y la eliminación de la racista lista de perros potencialmente peligrosos. A lo largo del año, se espera la prohibición del sacrificio salvo por motivos médicos, del tiro al pichón, de las peleas de gallos en ciertas zonas del país, de la tenencia de fauna salvaje en circos, e incluso la reconversión de los zoos en centros de cría de especies autóctonas en cautividad. Si todo va bien, se espera que la ley esté lista y entre en vigor para principios del 2023. Tratándose de un país en el que, hasta ahora, podíamos incluir a nuestros perros como pertenencias en nuestras deudas hipotecarias, esta nueva iniciativa legislativa constituye un progreso inédito.

Omisión

La nueva normativa establece que “la relación de la persona y el animal (sea este de compañía, doméstico, silvestre o salvaje) ha de ser modulada por la cualidad de ser dotado de sensibilidad, de modo que los derechos y facultades sobre los animales han de ser ejercitados atendiendo al bienestar y la protección del animal, evitando el maltrato, el abandono y la provocación de una muerte cruel o innecesaria”. Evidentemente, el fragmento debe incluir a los toros de lidia, cruelmente asesinados ante la atenta mirada de un cada vez menor puñado de primates éticamente confundidos, y a los animales de granja, los que confinamos en naves industriales y enviamos a mataderos a culminar su miserable existencia, ¿verdad?

En efecto, hay varios elefantes en medio de la habitación. En primer lugar, está el tema de la tauromaquia, el cual se menciona, pero se soslaya, argumentando que proponer alguna modificación en su práctica podría dificultar mucho la tramitación de la ley. Por otro lado, está la completa omisión de las macrogranjas y la pesca intensiva, máximas expresiones del maltrato animal y de la muerte cruel e injustificada. Claro está que, en vistas de la histeria que las declaraciones del ministro Garzón despertaron en la clase política y en todos aquellos que se benefician económicamente de la producción ganadera, es razonable asumir que la inclusión de modificaciones que afectaran al sector también habrían dificultado la tramitación de la ley.

La situación con el ministro de agricultura ha desvelado como los sistemas digestivo y excretor de nuestros líderes parecen funcionar a la inversa cuando se trata de razonar honestamente sobre el bienestar de los animales cuyos cuerpos mutilados despiertan su adicción. Especialmente la de nuestro asertivo presidente del gobierno, Pedro Sánchez, quien muy suspicazmente respondió a las preocupaciones de Garzón con lo siguiente: “Yo os lo diré en términos personales… a mí, donde me pongan un chuletón al punto, eso es imbatible”. Con humor y sofisticación, el presidente deliberó este gran “zasca” desautorizándonos a todos los veganos, pues hay que entender que nunca hemos comido carne, con lo que nunca hemos tenido ni siquiera la oportunidad de considerar lo rico que sabe un chuletón.

Dejando el tema de Garzón de lado, la podredumbre intelectual mostrada por la clase política ante sus parcialmente pertinentes declaraciones, junto a la mofa con la que la sociedad las recibió, pusieron de manifiesto la verdadera tesitura del país frente al maltrato animal en el sector ganadero. Enormes intereses económicos y personales impiden la admisión de que la evidencia científica y filosófica que justifica las modificaciones de la ley de protección animal, también se aplica a la sanguinaria tradición taurina y a la truculenta producción alimentaria del país.

Regresión

En las últimas décadas, entre otras cosas, hemos aprendido mucho sobre la cognición animal. También hemos aprendido mucho de humildad, pues cada vez que hemos intentado averiguar de qué hazañas intelectuales son capaces algunos animales, hemos sido sorprendidos. Sin embargo, veremos como la nueva iniciativa de la multinacional española Nueva Pescanova demuestra que todo este conocimiento rara vez sirve para informar nuestras acciones más allá del beneficio económico que pueda aportar.

Uno de los ejemplos por antonomasia de inteligencia animal es el pulpo. La distancia filogenética que separa a estos fascinantes invertebrados de nosotros, tiene a la comunidad científica perpleja y confundida, ya que pone en cuestión los modelos evolutivos actuales que pretenden explicar la aparición de la inteligencia como respuesta a las necesidades de convivencia de especies sociales. Los pulpos poseen una capacidad de resolución de problemas extraordinaria, son capaces de discriminar entre individuos humanos, interpretan señales de cooperación de otras especies para cazar en simbiosis, aprenden tareas complejas con mucha rapidez, poseen una memoria asombrosa, muestran rasgos diferenciables y estables de personalidad, y son extremadamente curiosos y juguetones. Se documentan casos de pulpos lanzando chorros de agua a interruptores para apagar luces, escapando de sus acuarios y llegando al mar por sí solos, coleccionando herramientas para ser usadas a largo plazo, infiltrándose en otros acuarios por la noche sin levantar sospechas, interpretando señales de pro-socialidad pese a su naturaleza solitaria, e incluso prediciendo resultados de partidos de fútbol entre humanos. Pero estoy hablando solo.

Nueva Pescanova va a inaugurar la primera granja de cría intensiva de pulpos del mundo en Canarias. La comunidad científica esgrime que mantener a muchos pulpos en cautividad cumpliendo con unos estándares éticos y de sostenibilidad, dados sus atributos biológicos, es prácticamente imposible. Enfermedades, lesiones físicas a causa de su frágil anatomía, estrés crónico, enloquecimiento, canibalismo y autofagia, son solo algunas de las consecuencias que podemos predecir con seguridad sobre esta brillante idea. Por no hablar del impacto medioambiental que las instalaciones y la dieta carnívora de los pulpos supondrían. Por supuesto la multinacional afirma tener todo bajo control, sin aportar información sobre como pretenden solventar dichos problemas.

El clamor e indignación que la noticia ha generado en buena parte de la sociedad, especialmente en el reino unido por su ortogonalidad frente a sus nuevas leyes de sintiencia animal, es fundamentalmente especista. Aunque es positivo que estas prácticas generen rechazo en la población, y a pesar de que el argumento expuesto por las autoridades científicas es razonable, el enfoque que están tomando adolece de candidez. Solo hay que echar un ojo a las condiciones de los peces en las piscifactorías, de los pollos en las granjas de cría intensiva y de los cerdos en naves industriales, para darse cuenta de que su diatriba no va a resultar persuasiva. Tanto peces, como pollos, como cerdos, son animales incapaces de vivir en cautividad sin perder aquellos rasgos de su personalidad y de su apariencia que los caracterizan. Este hecho nunca detuvo las ambiciones de la industria cárnica.

Para cualquier empresa destinada a la agricultura animal, es tan simple como establecer unas medidas de control del bienestar animal completamente arbitrarias, reguladas y supervisadas por ellos mismos (como suele suceder), para contentar al público. Al fin y al cabo, mientras consigan generar el beneficio económico que se estima, no necesitaran responder ante nadie. Espero estar equivocado, pero mientras la demanda de pulpo siga en auge, es improbable que la iniciativa pueda frenarse filosofando con multinacionales. La solución es de nuevo evidente, y pasa por persuadir al demandante para que decida invertir su dinero en otra parte.

Reflexión

En definitiva, 2022 podría ser un punto de inflexión en temas de bienestar animal en España. Desgraciadamente, aunque finalmente se aprobaran todas las leyes que se prometen, el resultado seguiría siendo una mera sombra de lo que debería. La consideración moral y legal que ofrecemos al resto de animales no responde a la evidencia científica ni a la intuición, sino a patrones culturales, y modificar la cultura es la solución más razonable. La tauromaquia y la agricultura animal son aberraciones de nuestra cultura, impropias del estándar ético al que la humanidad puede aspirar, y hay que dejar de pretender que expresar estas ideas es algo controversial, que llegar a concluirlas es algo difícil, o que llegar a materializarlas es algo radical. Cómo tratamos a aquellos que están a nuestra merced, es el reflejo más certero de quienes somos realmente como individuos y como sociedad.

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